miércoles, 17 de febrero de 2010

Saber e ignorar -con perdón-

Bueno, sigo con mis peleas con esta máquina, como habréis comprobado, pero al tema.
Lees y parece que estás aprendiendo. Sí, digo bien, parece.
Llevo escribiendo desde los... doce o trece años, lo cual podría indicar que tengo cierta experiencia en esta ardua pasión que se define como un arte. ¡Uf, arte, mucho peso para mí, he pensado siempre!
Pues bien, de la última lectura que estoy realizando voy aprendiendo que tantos años escribiendo no me han otorgado ni la técnica ni la capacidad para hacerlo bien. Creo que se podría decir que estoy aprendiendo cuánto es lo poco que sé... Y, realmente, esta sensación me ha desmoronado bastante.
Quiero decir que lo que siempre me ha movido a escribir ha sido una inquietud interior que no sabría muy bien explicar pero que tiene que ver, sin duda, con mi ego. Desde casi mis inicios, he leido y admirado a Baudelaire pero me temo que no supe captar adecuadamente el mensaje de su afirmación sobre la inspiración, de la que decía que se consigue trabajando. Yo, más fino que la ostia, dale que te pego a escribir y escribir versos, en su mayoría (nunca he sido capaz de llevar a buen puerto los relatos y, menos aún, las novelas que he intentado escribir). Tanto es así que, a día de hoy, tengo unas seiscientas o setecientas composiciones de versos. Pero como digo, ahora me temo que, como mucho, si las paso por el tamiz apenas salvaría tres o cuatro, y tal vez exagero para no hundirme del todo.
Lo más jodido del todo es que hace poco he terminado de redactar un libro por encargo de César López Perea sobre su grupo Och8 Vientos y temo que no esté a la altura de su "exposición" ante las lecturas atentas de quien se lo ponga en las manos... Espero que las fotos que escoja César, al menos, sean buenas y entretengan.
Sólo me queda por decir que el libro que estoy leyendo es "Romper una canción", escrito por Benjamín Prado sobre cómo escribió mano a mano con Joaquín Sabina las letras de las canciones del último disco de éste, "Vinagre y rosas".
El libro me lo regaló mi hermano, a quien sólo puedo estar agradecido por haberme ayudado a abrir un poco los ojos porque, si quiero seguir escribiendo, tengo que aprender a trabajarme los versos y no bastarme sólo con rimarlos.
Gracias, chache, Benjamín, Joaquín... y César.
Besos castos.

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