lunes, 14 de junio de 2010

Escribir en mi blog es llorar.



Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.

Así daba comienzo la elegía con la que José Zorrilla despedía a Mariano José de Larra en su entierro, considerado como el prócer escritor del romanticismo español –junto a Espronceda, Bécquer y Rosalía- con la solera adquirida por sus textos.
“La diferencia que existe entre los necios y los hombres de talento suele ser sólo que los primeros dicen necedades y los segundos las hacen”.
Este revolucionario contra el racionalismo, hablaba y escribía en castellano y francés a la edad de cinco años. A los nueve estudiaba gramática, latín y griego. A los 12 tradujo del francés al castellano la Ilíada de Homero y a los 19 lanzaba la revista mensual “El duende satírico del día”.
Desde su prosa clara y concisa, llena de sátira, sazonaba el sentimiento patrio contra el absolutismo y la sociedad en grupo, generándose no pocos enemigos. Algo comprensible por lo adelantado a su tiempo que resultó ser, hasta el punto de que sus ensayos aún mantienen cierta vigencia – “En este triste país, si a un zapatero se le antoja hacer una botella y le sale mal, después ya no le dejan hacer zapatos”-. No olvidemos que en aquella época, principios del siglo XIX, España estaba envuelta en continuas revueltas.
Nunca firmó con su nombre, ocultándose bajo los seudónimos Fígaro, Duende, Bachiller y El pobrecito hablador, y publicando más de 200 artículos con España en el centro de su obra: “Aquí yace media España. Murió la otra media”.
Aunque Larra se casó y tuvo 3 hijos, se recorrió media Europa persiguiendo y huyendo de su amante, reflejándose su estado personal también en su literatura.
El joven inquieto de “El Parnasillo” decidió pasar a la acción política y salió elegido diputado por Ávila en 1836. Sin embargo, no pudo tomar posesión de su escaño por el Motín de La Granja de San Ildefonso –Segovia-, tras la que se restauró la Constitución de 1812.
Agonizaba el escritor - Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Quién ha muerto en él? Leamos. ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza!-, cuando sobre las ocho y media de la tarde del 13 de febrero de 1837, tras ser rechazado por su amante Dolores e incomprendido por la otra –España-, Larra se pegó un tiro en la sien frente al espejo. Machado dijo que: “Anécdotas aparte, Larra se mató porque no pudo encontrar la España que buscaba, y cuando hubo perdido toda esperanza de encontrarla”.
El santo laico del periodismo aún no tiene quien le suceda. En 1908, Azorín, Unamuno y Baroja, representando a la generación del 98, llevaron unos claveles a su tumba en su redescubrimiento. Aún hoy, algunos periodistas se acercan al Panteón de Hombres Ilustres a dejarle flores. Desafortunadamente, el hecho de tener patrón no da la gracia de ejercer con la misma destreza, sentimiento y sabiduría -“Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta”-.
Sirva, pues, de referencia. “Suponiendo que se escriba con principios, se puede escribir después con varios fines”.

2 comentarios:

  1. Me parece que era ocioso en el obrar, por exceso de ardor en desear.

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  2. Un ardor rentable, en todo caso, Triana ;-P Fue el periodista mejor pagado de su época.
    Juan Calle

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