lunes, 19 de julio de 2010

Ministerio de la Mancebía.

Parece que esta sociedad no va a alterar, al menos a bote pronto, el rumbo que establecen l@s magdalenas -dicho en sentido evangélico- que pretenden espiar sus pecados a costa de los demás.
Me gustaría proponer, pese al acerbo, un ministerio de Mancebía, adecuando la terminología a la igualdad de géneros -por supuesto-. Y que se reconozca que ser puta o gigoló son oficios dignos de honra y merecimiento.
Estoy hablando de una de las profesiones más antiguas del mundo -si no la que más-, de la que se tiene conocimiento desde los primeros registros históricos de todas las culturas y sociedades. Y por mucho que lo pretendan, jamás -y lo digo con rotunda contundencia- van a conseguir acabar con ello, aunque lo persigan.
Conocido es el papel de María Magdalena. En el Ara Máxima, las lupas o lobas ejercían la prostitución sagrada con los sacerdotes del dios Fauno Luperco (de donde procede lupanar refiriéndose a burdel). En la antigua Mesopotamia (siglo XVIII a. c.) se protegía la propiedad de las prostitutas. En Sumeria se practicaba la prostitución religiosa. En el código de Hammurabi se regulan los derechos de herencia de las prostitutas. En Babilonia, Fenicia, Cerdeña, Sicilia, Israel, el reino de Canaán, Grecia, Chipre, Corinto, Roma, Mesoamérica,... Hay referencias en toda la historia.
Y es que estamos llegando a unos términos en los que, cada vez que se habla de prostitución, parece que estamos hablando de delincuencia, enfermedad, perversión,... y tantos y tantos improperios descalificativos. Pues estamos hablando de personas, como tú o como yo, que la vida da muchas vueltas.
En algunos estados de Estados Unidos o de Australia, como en algunos países del norte de Europa, son trabajadores y trabajadoras que pagan sus impuestos y no arrastran una imagen social degradante, en absoluto. Legalizando a las damas cortesanas y chichifos, en estos tiempos de crisis, resultaría paliativo para la economía pues es conocida su rentabilidad y se proporcionaría un registro adecuado para un servicio social digno y fiable. Aparte de regularse los precios, se dispondrían de ámbitos adecuados, así como de una premisa educación y de una necesaria sanidad que aportarían más fiabilidad y argumentos a este propósito.
A nadie se le escapa que algunas personas prefieren pagar por una quastuosa u hombre de compañía para proporcionarse placer en lugar de adquirirlo continuamente en soledad... o a la fuerza.
Resulta evidente que se prevendría con mayor facilidad la delincuencia hasta niveles insospechados debido a que tendrían mala salida los que se dedican, por ejemplo, al tráfico de personas o a su explotación. También resultaría más difícil encubrir para estos el tráfico de blancas o, peor aún, de menores.
Rompo una lanza pues, por la legalización y regulación de las casas de lenocinio y sus emplead@s, aún a riesgo de que me cierren el blog, si sigue adelante la propuesta de prohibirles hasta anunciarse.
¡Ah, que se legalicen como autónom@s, que si fueran funcionari@s igual no pondrían el mismo interés y podría resultar frustrante en el desahogo requerido!

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