jueves, 26 de agosto de 2010

Tic, tac

Decía el recién fallecido Roberto Cantoral en una de sus creaciones "Reloj, no marques las horas porque voy a enloquecer". Y así es.
El tiempo ha resultado ser uno de los inventos más crueles de la historia de la humanidad. Por no decir que no existe. Todo está, simplemente, no pasa -siento contradecir en esto al maestro Machado-.
Sucede que las personas necesitamos contar, medir, valorar, adueñarse de todo,... ¡Silencio!
Escuchad el silencio y sabréis de qué hablo. No nos sirve con saber que vivimos, tenemos que aderezarlo con "cuánto" vivimos, "cómo" vivimos... No existe el tiempo, de verdad, es una mentira que hoy se utiliza hasta para educar... desde el tiempo.
¡Tic, tac! ¡Tic, tac!
La vida tiene fecha de caducidad. Lo siento, pero me suena absurdo.
Envejecemos. ¡No, simplemente vivimos! ¡Vamos a conjugar bien el verbo de una vez!
A ver, conmigo: Yo vivo, tu vives, el vive,... ¡Venga!, vamos a olvidarnos ya de lo absoluto o lo relativo, y de los pretéritos, futuros o condicionales. Apliquemos el imperativo: ¡Vive! Así se conjuga mejor el presente, que es lo que tenemos.
No hay magnitud física. Uno nace, vive y muere, pero cada cosa en su momento, sin más. El destino del futuro no existe. Las huellas del pasado las borran el viento y el agua.
¡Tic, tac! ¡Tic, tac!
¿Cuánto tiempo pasamos contando los segundos, los minutos, las horas,... los años? Eso es, segundos, minutos, horas,... Aplicar una edad y después limitar en base a ella. Y es una crueldad pensar que alguien se puede hacer "mayor" de edad. La arena ha caido ya del todo, no hay vuelta posible. La ignorancia es atrevida, desde luego.
Los husos son lineas fronterizas y la teoría del caos no tiene sentido porque el caos ya está instaurado. Y yo, cerca de la mecánica cuántica relativista, os tengo que dejar porque llego tarde a una cita.
¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

miércoles, 25 de agosto de 2010

Iba de Carlos.

Soy un aficionado a la radio. Me refiero a esos momentos en que el runrún de las voces me hace compañía cuando me levanto, me acuesto o, durante el día, realizo alguna labor. Supongo que es algo que heredé del entorno familiar en que me crié.
Hace ya casi tres años, como creo que ya he comentado alguna vez, inicié un programa de música de la mano de mi compadrito Ángel e íbamos tutelados por Marta. Se llamaba "Biofusas y otras musas". En él, tratábamos de abordar toda la música que fueramos capaces de compartir pero contando historias o anécdotas sobre los intérpretes, o los temas, o lo que tuviera algo que ver con ese mundo.
Curiosamente, una de las personas que más me gustaba escuchar fallecía el día anterior: Carlos Llamas. Recuerdo que abrí el programa dedicándoselo con un tema de Sabina que le gustaba mucho -hube de improvisar, suerte que el tema lo tenía-.
Antes de ayer, falleció el otro que me ponía la salsa en aquellas tertulias por las que trataba de acostarme temprano, sólo por escucharles debatir o dialogar: Carlos Mendo.
El programa se llama -aún- "Hora 25" con el que yo conectaba después de las noticias de las 22'00 horas en la Cadena Ser. Lo dirigía Llamas y Mendo asistía como colaborador. Era un programa de debates de la actualidad totalmente abierto, sin exclusiones ideológicas y, creo, eso era lo que más me atraía. ¡Qué lástima que los políticos no sean, al menos, tan inteligentemente dialécticos!
Por cierto, les acompañaban José María Ridao y María Esperanza Sánchez, entre otr@s.
Desde que falleció Llamas, por esa y otras razones que no vienen al caso, me desenchufé de aquel programa en cuestión. Desconozco cómo lo llevan ahora pero supongo que Angels Barceló realizará una buena tarea -siempre lo ha hecho-. No obstante, sigo escuchando la radio -aunque otros programas o emisoras-.
En fin, simplemente quería dar cuenta de mi emotividad por el currículum de ambos y mi pesar por la ausencia de sendos. Requiescat in pace.

martes, 24 de agosto de 2010

Viajeros al tren.



Los viajeros llegamos a tener los hogares más variopintos ubicados en los lugares, por supuesto, más dispersos.
Uno de esos hogares lo encuentro cada vez que me subo a un tren, con sus estrechos y alargados salones sociales con varios televisores, radio, baños, bar-restaurante… Incluso, algunos, con cama.
Recorren el mundo a través de sus venas de hierro artificiales implantadas por la humanidad para desarrollar la comunicación, unas vías que tienen su origen en las minas europeas de mediados del siglo XVI. Entonces, se usaban para transportar la carga sobre carros de cuatro ruedas y eran tablas de madera paralelas.
Hasta la llegada del vapor, eran empujados por hombres o animales. Luego, en 1801, se realizó el primer transporte de viajeros sobre raíles de hierro, en Inglaterra, tirados por caballos. Fue entre las localidades de Wandsworth y Croydon, y supuso un hito en la historia del transporte. Y más tarde, en 1804, surgió la primera locomotora del mundo, la “South Wales”, que alcanzaba la velocidad de 8 kilómetros por hora.
La primera locomotora española se inauguró en 1837 ¡en Cuba! Y fue en 1848 cuando se estrenó la primera locomotora peninsular, entre Barcelona y Mataró.
Con este “nuevo” sistema de acercamiento se hizo imprescindible la creación de las estaciones cuyo principal objetivo es el de regular ese continuo vaivén de trayectos pero que, sin duda, ha dado cobijo a quienes nos aventuramos, de vez en cuando, a mezclarnos con l@s que vienen, l@s que van, l@s que se quedan, l@s que siempre estuvieron, l@s que sólo van a despedir,… Me abordan cientos de canciones, libros, películas o cuadros sobre este tema.
Para mí, han supuesto un punto de partida, nunca de llegada. Un punto de reencuentro, nunca de abandono. Han enriquecido el bagaje de conocidos a mis bolsillos vacíos de amistades eternas. Es por eso que no puedo, por menos, dejar de evocar las estaciones de Segovia, Atocha, Chamartín, Linares-Baeza, Huesca, Zaragoza, Tardienta, Jaca, Canfrán, Córdoba, Sevilla, Valladolid, La Palma del Condado, Huelva,…
Por cierto, la foto la tomé en mi último viaje hace pocos días. Es Chamartín.