viernes, 3 de septiembre de 2010

Carta-Epílogo a Mónica.

No sé cómo explicar el dolor interior que produce tu ausencia y, por supuesto, evitaré caer en demagogias... Ni siquiera sé si esta carta, en realidad, es para Manolo y tus hijas.
Sé, o al menos creo, que ya no podrás leer estas palabras pero me consuela suponer que la mayor parte de ellas las sabías o intuías.
Llevarte a hombros no es precisamente el honor que quería tener por ti. Prefería el de bailar junto a tus niñas que, con el tiempo, volverán a bailar en el centro del grupo. U organizarnos para cenar o tomar chatos. O preparar la siguiente escapada a otra casa de campo para convivir toda la reunión junta algún fin de semana. O...
¡Malditas sean las desgarradoras enfermedades que nos arrebatan injustamente lo que es nuestro! Porque la relación que teníamos todos nos la habíamos ganado a pulso con nuestras ganas de vivir y disfrutar de la vida.
A todos nos contagiaste con tu habilidad por absorverlo todo y disfrutarlo. Tú sabes que yo me ocuparé, como ya lo he hecho más veces, de recordárselo a los amigos.
Me duele tu ausencia pero me sana haber compartido tanto, haberte conocido,... Ángela y Noelia tendrán siempre quien les hable de su madre, aparte de a su padre, tíos, abuelos y demás familia, descuida.
Ayer te depedimos y no dábamos crédito aunque en nuestro fuero interno lo intuyéramos, pero la condición humana te lleva a la esperanza antes que a la derrota.
Esta reunión a la que uniste con tanta fuerza te quiere, Mónica.
Ahora que has cerrado los ojos con los que devorabas la vida, espero que tus últimos pensamientos estuvieran tranquilos sabiendo que arroparemos a Manolo, Ángela y Noelia.
No puedo continuar, dejaré sentimientos en el tintero para cuando lo necesite.
Un beso, corazón, descansa.

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