domingo, 10 de octubre de 2010

El ritmo de la lluvia.

Empieza a caer la noche. Hace tan sólo un rato que llueve con la densidad suficiente, no sólo es llovizna. Miro al cielo con los ojos entrecerrados y me dispongo a pasear bajo el agua calándome por completo y buscando una luna que sé que está ausente, oculta tras el velo de cirros y estrato.
Me dirijo hacia casa con parsimonia emocionándome con la ducha que me espera, ajeno a los ojos inquisitivos que no parecen comprender qué me llama tanto la atención, como si nunca hubiera visto llover -o algo así-. Después, el sofá frente a las ventanas abiertas con un libro, una libreta y un bolígrafo en las manos y el gato asustado escondiéndose bajo una mantita que tengo echada encima de los pies, una manta en tonos blancos, negros y grises que, para estos menesteres, me hiciera mi madre.
El sonido de las gotas rompiendo contra el suelo y los tejados le ponen ritmo a esta noche, para mí, realmente tan acogedora como repleta de inspiración. Tengo que aprovecharlo, sé que no durará demasiado, que no dispondré de lluvia cada noche, que estas palabras se ocultan cuando sale el sol.
De vez en cuando, el ritmo se entorpece con el sonido de los charcos atropellados por los coches, unas veces más rápido y otras veces más entorpecido. Evitaré las onomatopeyas porque considero que el sonido de la lluvia es subjetivo. De hecho, creo que no es lo mismo para el gato que para mí.
Reflexionando sobre un párrafo de la lectura que tengo ante mí, pierdo la vista en el horizonte atravesando los millones de fragmentos de agua...
Me he quedado dormido.

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