viernes, 30 de enero de 2015

Cero con siete por el culo (con perdón)

No ha dejado de sorprenderme (y disculpen que empiece el texto con una negativa pero creo que así lo requiere el contexto) la petición por parte de UNICEF a las entidades mundiales de tres mil cien (3100) millones de dólares con el propósito de mejorar las condiciones de vida de unos sesenta y dos (62) millones de niños de todo el mundo sumidos en la pobreza y el desamparo o, como dicen en la citada ONG, “to reach over 62 million children at risk in humanitarian crises worldwide (para llegar a 62 millones de niños en situaciones de riesgo en las crisis humanitarias en todo el mundo)”.
 Mi cabeza, retorcida como pocas, no para de darle vueltas a las millonadas que se manejan “sólo” en este país, entre corrupción e inversiones en humo, fuera aparte de sobresueldos excesivos (lo de si se merecen o no parece que empieza a ser una cuestión objetiva, insultante adjetivo si releemos con atención el párrafo anterior, me parece).
Llevo cerca de un año "retirado" de la vida social (con sus redes incluidas) escribiendo lo que pretendo que sea una novela. Documentándome para tal propósito (es desquiciante cómo te puedes tirar cerca de un mes documentándote para escribir un puñetero párrafo y más con los resultados obtenidos, que resumiré aquí y por lo que cuento esto), he comprobado que la declaración de la renta es otra tapadera para mantener a la iglesia católica y toda la parafernalia mercantil que tienen a su alrededor. ¡Ojo, hablo de una entidad, de las personas que lo manejan y, por supuesto, quienes lo defienden! Si queréis creer en dioses, hadas o duendes debería de ser vuestro problema particular pero, al final, es problema de todos. En todo caso, aquí se habla de la explotación del engaño, no del engaño en sí mismo.
 Por todos los que realizamos la declaración de la renta, es sabido que existen un par de apartados en dicho documento de aportación voluntaria del 0’7% de nuestros tributos: La primera casilla, en este país aconfesional por constitución (el incongruente artículo 16.3: Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones), te invita a que lo dones a la iglesia católica (a ninguna otra religión o creencia); en la segunda casilla te invita a que, independientemente de lo asignado a la iglesia (tal cual), lo dones a fines sociales. Si no he entendido mal, si no marcas ninguna casilla ese tributo pasa a los presupuestos del estado.
 Bien, cualquiera de mi condición se inclinaría (como he venido haciendo hasta ahora) por marcar la casilla de los fines sociales pero, mira tú por dónde, ingenuo de mí, revisando datos para mi libro me encuentro con que cerca de la mitad del presupuesto destinado a las “oeneges” inscritas para recibir esos tributos rentan de la mano de la iglesia. Osea, o pagas directamente a los financieros católicos por su humo o los pagas a medias indirectamente pero con dolo y alevosía. Ciertamente, me siento sucio, muy sucio, por no haberlo averiguado antes. Supongo que soy víctima de esa transparencia tan opaca de la que presumen nuestros gobernantes pero tampoco voy a tratar de eludir mi responsabilidad en ello. Aunque, eso sí, los hilos que les manejan les hace parecer más despreciables y miserables… “desde mi ignorancia”.
 La razón por la que vomito estas lágrimas, desahuciadas de la razón e ilegales porque, como dijo Voltaire, “es peligroso tener razón cuando el gobierno está equivocado”, es para tratar de averiguar entre todos si hay alguna fórmula para que ese 0’7% que tributaré en breve vaya destinado, íntegramente, a sumarse a la petición de UNICEF para el propósito que reclama.
 Y aunque todo esto me lleve a plantearme una serie de cuestiones para las que, quizás, sería preferible no obtener respuesta, de no ser posible esta opción me pregunto (en voz alta), con la simpleza que me caracteriza, cuál puede ser la mejor opción si mi intención es poder seguir dando la cara con la conciencia tranquila y mis obligaciones legales cumplidas (es decir, sin incumplirlas).

Foto: UNICEF