miércoles, 27 de julio de 2016

Todos y cada uno de los días

   De repente, un día, las criaturas dejaron de ser hermosas. La brújula dio con el imán que cambió el norte de sitio; no en cuestión de destinos sino de circunstancias.

   Hasta entonces, todo parecía estable, encarrilado, incluso me atrevería a decir que cumplido y sosegado, sin desdeñar proyectos y metas cuya índole ya eran tan sólo de superación, retos de mérito. Pero las cuerdas perdieron su cordura, se tambalearon e hicieron perder el equilibrio y, consecuentemente, el control.

   Hubo que recalibrar rumbos y comenzar, de nuevo, a sopesar direcciones. Como es de prever en estas situaciones, los vientos también parecieron confabularse al acecho desacreditando cualquier vestigio de virtud.

   El tiempo se volvió a medir por estados de ánimo; y el otro tiempo, el que pasa, comenzó a marcar su huella incesable y profundamente, sin denuedo.

   El día que las criaturas dejaron de ser hermosas, algunos documentales se asemejaron a los noticiarios de sobremesa, o más bien al revés, y la horca más alta se puso al alcance de la mano.

   El albor de cada mañana quemaba en las entrañas con la acidez de la despreocupación y el ocaso de todos y cada uno de los días, largas cadenas perpetuas, pesaba con su equipaje de lágrimas sin deshacer y había que arrastrar todos y cada uno de esos días hasta caer rendido a los pies de la cama. Ningún día llegó a terminar en la cama, como si la dureza y frialdad del suelo fueran el justo tributo que debía pagar para encauzar, de nuevo, el sentido de la vida.

   Entre el albor y el ocaso, apenas una pobre escala de grises. Entre el ocaso y el albor, con suerte, reposo en medio de una maraña de pesadillas.

   Las flores arrancadas antaño con sutileza y previendo siempre la reforestación, si acaso, para comparar bellezas en el peor de los casos o argumentar obras de arte o botánicas, pasaron a ser pateadas y descabezadas directamente, quedando gran parte del polen impregnado en la puntera de sus botas cada vez más despiadadas.

   Tan sólo el desempolvado caparazón lo cobijó de la fugacidad consejera de cátedras mundanas y tesis inquisitivas de visillos y mirillas.

   Como resulta del proceso evolutivo de cada herida, surgió una costra que, sin embargo, se arrancó para que cicatrizara su misantropía dejando huella y que no hubiera nada que alegar a su extinción ni búsquedas absurdas por la desaparición de una miserable y nimia existencia.

   Arrojó el elixir de juventud por el váter y tiró hasta tres veces de la cisterna. Después, vació en su interior una botella entera de lejía perfumada; vaciando la segunda, sólo abandonó su propósito cuando el nauseabundo olor de la mezcla lo hizo salir del cuarto de baño completamente embriagado. Al menos, le había rentado uno de sus propósitos.

   Bebía sin pauta ni horario establecido, probando aleaciones líquidas, como si fuera a hallar en el fondo de cada trago una respuesta pero, a pesar de su empeño, sólo conseguía mediar treguas de reposo en los surcos de babas dispersos por el suelo cuando le alcanzaba la inconsciencia.

   Buscó las palabras más estériles para tratar de inmunizarse contra el dolor, no logrando encontrar, sin embargo, más que las más despiadadas contracciones que fluían como alcohol etílico sobre las llagas sangrantes de sus ojos. No, no había consuelo tampoco en las palabras.

   Cada manantial del que trató de abastecerse resultó ser un acantilado de fuerza y dimensiones desmesuradas.

   Su tumba estaba ocupada; su lugar en el mundo, embargado; su cielo carecía de dioses y de ciencias que le permitieran abandonar lo terrenal.

   Conoció el principio y el final de todos los accidentes geográficos y corroboró que ninguna de las consecuencias naturales se correspondían con las catástrofes personales.

   Cada minuto resultó ser una historia. Y aunque cada minuto resultara ser complemento al anterior, resulta que la historia no se escribe por momentos banales. Y todos y cada uno de esos minutos que resultaron ser todas y cada una de las historias, conformaron un historia de verdad que, sin embargo, no merecía la pena pasar a la historia común.

   Comenzó la más ardua fuga que una persona puede llegar a realizar: de su interior, de sí mismo.

   La culpabilidad es un acosador incesante frente al acecho del ego. Y vuelta a empezar cada mañana donde cada conclusión, excusa o justificación, lejos de dictar sentencia, halla una contrariedad continua que replantea, incluso, las bases de cualquier aspecto que debería asentar la seguridad de los movimientos o reflejos más ancestrales.

   La idea de fugarse a otro planeta la desdeñó desde que hubo conocimiento fehaciente de que podía ir a parar a alguno que tuviera tres amaneceres el mismo día con uno ya tenía más que suficiente pues sólo volver a su cloaca le permitía olvidarse de todas estas tonterías.

lunes, 25 de julio de 2016

Alergia de mi corazón

Contaba los años aún por vivir
y el recuerdo me traicionaba ya,
me dieron sin alcohol el elixir
y confundía el sol con el FA.
Solo me quedaban por encender
un par de pitillos a medio liar;
ya no era capaz de comprender
lo que una vez llegué a recitar.

El tiempo me ha dado la razón
y se ha vengado, no sin traición,
lacerándome con vil intención;
de modo que he puesto mi cerrazón
en descomponer mi última canción:
tengo alergia de mi corazón.

Así fue que, de nuevo, comencé,
con suma paciencia, a deshilvanar
los trémulos de voz que no canté
sin comprender lo digno que es callar.
Tuve que aprender a dividir
los que dividían de los que no,
y la aritmética me hizo sentir
que el resto de cada parte era yo.

De nuevo, el tiempo me da la razón
y se venga de mí, no sin traición,
lacerándome con vil intención;
de modo que he puesto mi cerrazón
en descomponer mi última canción:
tengo alergia de mi corazón.

©Juan Calle

viernes, 22 de julio de 2016

oír, ver y callar


Una primera grabación (muy mala, lo sé) que he de rehacer pero que comparto para que sirva para tener una ligera idea de cómo quiero que vaya el tema.

OÍR, VER Y CALLAR
(Letra y música: Juan Calle)

Por escuchar, entendía
la maldad de los mensajes;
nö escuchó la mayoría
y votó por los peajes.

Oír, ver y callar.

Intentaron que no viese
qué pasó ante mis ojos,
y, aunque no lo comprendiese,
me bastó para mi enojo.

Oír, ver y callar.

Quisieron poner cadenas
a mi voz y estaba rota,
¡qué malaje de condena
quitar a un cantor sus notas!.

Oír, ver y callar.

Como eran mayoría,
creyeron tener razón;
el mal que los perseguía
trataba de evolución.

Oír, ver y callar.